La reciente Encuesta de Tendencia de Negocios del INDEC ha revelado un diagnóstico inquietante que proviene no de voces ajenas o discrepantes, sino de los mismos empresarios industriales. Los resultados muestran un panorama desalentador en el que la demanda interna es percibida como el principal obstáculo para la producción. Esta situación plantea interrogantes cruciales sobre la salud de la economía y las políticas necesarias para incentivarla.
El diagnóstico empresarial sobre la demanda interna
Los datos de esta encuesta son claros y contundentes. El 52,9% de las empresas manufactureras señala que la insuficiencia de la demanda interna limita seriamente su capacidad de producción. Este resultado es alarmante, especialmente si se compara con el 51,8% reportado hace solo tres meses, lo que indica un deterioro en las expectativas de los industriales. Además, la cartera de pedidos presenta un balance de −46,9%, y el Indicador de Confianza Empresarial ha estado en terreno negativo durante diecinueve meses consecutivos, reflejando una constante desconfianza en el clima económico.
Las empresas se ven forzadas a lidiar con un contexto donde la demanda se mantiene baja, y esto las lleva a ajustar su actividad. Este fenómeno sugiere que es hora de evaluar no solo los datos, sino la estructura subyacente de la economía.
La lógica de la supervivencia empresarial: recortes y ajustes
Frente a una demanda deprimida, la respuesta más lógica de una empresa es realizar ajustes. Según la encuesta, las proyecciones incluyen recortes de personal (−13,0%) y disminución de horas trabajadas (−11,0%) en el próximo trimestre. Cada decisión en este sentido se justifica desde una perspectiva individual, pero cuando varias empresas toman el mismo camino, la situación se complica.
Un concepto fundamental detrás de este fenómeno es la falacia de composición, un término acuñado por John Maynard Keynes. Este concepto establece que lo que puede ser racional para un actor aislado puede ser perjudicial para el conjunto. Así, al ajustar su estructura, las empresas contribuyen a una contracción de la demanda general, creando un ciclo negativo en el cual menos empleo, menos ingreso y menos consumo se retroalimentan mutuamente.
Fallas de coordinación y su impacto en la inversión
Un aspecto crítico en esta dinámica es la falta de incentivos para que las empresas inviertan en un contexto donde la demanda es inestable. La teoría económica sugiere que ninguna empresa quiere ser la primera en arriesgar su capital si no está segura de que las demás harán lo mismo. Este comportamiento conservador lleva a la economía a estancarse.
El economista Paul Rosenstein-Rodan describió el concepto de «big push» en 1943 como una solución para romper el ciclo de subconsumo que enfrenta la economía. Propuso que se necesita un impulso inicial, coordinado por un actor que pueda sostener la demanda y facilitar la inversión, algo que el mercado por sí solo no puede lograr.
La omisión como decisión política
A pesar de las evidencias, hay quienes podrían interpretar la inacción como un simple problema de suerte o inercia. Sin embargo, la realidad es que la falta de una política robusta que mantenga la demanda y coordine la inversión es una decisión deliberada dentro del enfoque económico actual. Este enfoque se basa en la creencia de que, al ordenar las variables nominales —como el déficit, la inflación y la emisión—, la actividad económica se recuperará espontáneamente.
Sin embargo, los datos sugieren que esta falta de atención a la demanda real es lo que realmente impide el repunte de la industria. La encuesta destaca que, aun con un equilibrio fiscal y la desinflación a la vista, el sector industrial sigue estancado, pues la clave reside en la demanda y no únicamente en la gestión fiscal.
El dilema del desarrollo económico
Es vital aclarar que la cuestión en juego no se trata de abogar por un gasto indiscriminado ni de descartar la necesidad de un orden macroeconómico. Más bien, es esencial revisar la calidad del ajuste actual. El hecho de que se mantenga el equilibrio en las cuentas pero se deje de lado la inversión pública y el mercado interno puede parecer estable a corto plazo, pero erosiona la capacidad productiva futura necesaria para el crecimiento.
La pregunta que surge es si existe disposición para reconocer que hay problemas que el mercado no puede resolver por sí solo. Ignorar estos desafíos equivale a aceptar una profundización de la contracción económica, afectando a cada empresa por separado.
Es evidente que estabilizar las variables nominales es un paso necesario, pero confundir esta estabilización con el desarrollo real puede ser un error que esta encuesta, respaldada por las voces de los industriales, hace insostenible. La solución requiere un análisis profundo e integral, que no solo contemple las cifras actuales, sino también las consecuencias a largo plazo de las decisiones económicas presentes.