La explosión de la inteligencia artificial (IA) ha traído consigo un debate crucial sobre la ética y el impacto social de las tecnologías que están revolucionando nuestra forma de interactuar con el mundo. En este contexto, la socióloga Milagros Miceli ha destacado varios aspectos preocupantes de esta transformación, comenzando por el concepto de explotación, que abarca no solo la utilización de datos, sino también la precariedad laboral de quienes facilitan el funcionamiento de estas tecnologías.
La explotación de lo humano y lo natural
Miceli inicia su análisis con un enfoque claro: la explotación se manifiesta en tres áreas fundamentales. Primero, en la **explotación de los humanos**, quienes son vistos como meros proveedores de datos; segundo, la **explotación laboral** de quienes realizan trabajos invisibles y, finalmente, la explotación de **recursos naturales**. Este triángulo de explotación es vital para entender la dinámica actual del sector tecnológico.
La invisibilidad del trabajo
Un aspecto alarmante que menciona Miceli es la invisibilización del trabajo humano detrás de la IA. Si bien reconoce la importancia de los ingenieros y científicos de datos, señala que existe una intención de ocultar el trabajo que sustenta estas tecnologías. Este denominado «trabajo de datos», que incluye tareas como la clasificación de imágenes y la limpieza de bases de datos, es realizado por un número significativo de personas. Según el Banco Mundial, entre **250 y 430 millones** de individuos en el mundo se encuentran en esta situación.
La mayoría de estos trabajadores se desempeñan en condiciones muy precarias, sin ningún tipo de protección laboral, lo que refleja una clara falta de consideración por su bienestar. Miceli ha trabajado con comunidades vulnerables, ilustrando cómo la explotación se dirige a grupos como **refugiados** en Europa y **mujeres en situaciones de desventaja** en India. Para ella, esta precarización no es un fenómeno aislado, sino más bien una estrategia de diseño institucional que beneficia a las grandes tecnológicas.
El dilema de los centros de datos
Otro punto de discusión central es el impacto ambiental asociado con la construcción de **data centers**. Miceli señala el caso del proyecto “Stargate”, una megaproyecto destinado a crear un enorme centro de datos en **la Patagonia argentina** con una inversión estimada de hasta **25,000 millones de dólares**. Sin embargo, este proviene de una cifra que no garantiza la inversión real, lo que deja en interrogante la viabilidad del proyecto.
La Patagonia, aunque vasta, no ha sido objeto de un estudio exhaustivo sobre su **impacto ambiental** y la ubicación exacta del proyecto sigue siendo desconocida. Miceli subraya que estos centros requieren cantidades significativas de agua para su refrigeración y a menudo apenas generan empleo significativo en comparación con otras iniciativas. Por ejemplo, “más allá del boom de construcción”, se estima que generará únicamente entre **150 a 200 empleos**, una cifra similar a la de un **supermercado** local.
La propiedad intelectual en la mira
Otro tema candente que trae Miceli es el uso masivo e **ilegal** de obras creativas para entrenar modelos de IA generativa. Es un fenómeno que ha llevado a la industria de la IA a ser acusada de robo de propiedad intelectual. Según ella, muchos de estos modelos se alimentan del trabajo de artistas, escritores y traductores, sin reconocimiento ni compensación. Esto no solo es injusto, sino que también ha resultado en numerosos litigios alrededor del mundo, un problema que continua escalando.
Miceli cuestiona incluso el término “generativa”, describiéndolo como una etiqueta engañosa que da a entender que la IA tiene la capacidad de crear. En realidad, lo que hace es **remixar** y distorsionar el trabajo ajeno, produciendo productos de calidad inferior, lo que resalta la falta de originalidad en muchas de estas aplicaciones tecnológicas.
Concentración de poder y sus consecuencias
Aparte de abordar los aspectos laborales y ambientales, Miceli pone de relieve la concentración de poder en manos de unas pocas corporaciones tecnológicas. Aquí no solo se trata de un problema tecnológico, sino de un dilema **político y epistémico**. La preocupación radica en cómo estas tecnologías, bajo el pretexto de servir a la comunidad, tienden a imponer un “paradigma tecnológico único”, eludiendo alternativas más locales que puedan ser más beneficiosas.
“Las tecnologías siempre son políticas”, afirma Miceli. “No hablo de política partidaria, sino de quién tiene acceso a los recursos y quién no”. Esta visión crítica permite entender que la IA, lejos de ser un fin en sí mismo, es un instrumento que puede ser utilizado para perpetuar desigualdades.
La necesidad de un análisis crítico
En su intervención, Miceli no propone el rechazo absoluto de la tecnología, sino un uso equilibrado que permita a los humanos tomar decisiones informadas. “Un análisis algorítmico puede ayudar, pero la decisión final debe ser humana”, argumenta. La socióloga insiste en la necesidad de desmitificar la idea de que la IA es infalible, recordando que cada uso tiene un costo, tanto ético como ambiental. Cada imagen generada por IA, por ejemplo, no solo está al servicio del entretenimiento, sino que tiene implicancias ambientales significativas.
La crítica de Milagros Miceli resulta fundamental en un mundo cada vez más dominado por la inteligencia artificial. Al poner de relieve la explotación humana, la precarización laboral y la concentración del poder, se activa un debate necesario y urgente sobre el camino que debemos tomar hacia un futuro más equitativo y sostenible.