La morosidad de las familias argentinas ha alcanzado un alarmante 12,7% en mayo de 2024, según estimaciones de la Central de Deudores del Banco Central. Este aumento representa la decimonovena suba mensual consecutiva, un indicativo claro de la creciente dificultad económica que enfrentan los hogares. En comparación, en octubre de 2022, la morosidad era solo del 2,5%, lo que significa que se ha multiplicado por más de cinco veces en menos de dos años, un fenómeno sin precedentes desde el fin de la Convertibilidad. Este preocupante escenario ha llevado a casi siete millones de personas a quedar excluidas del sistema de crédito.
No obstante, detrás de estas cifras hay una lectura aún más inquietante. La morosidad empresarial, ubicada en 3,5%, revela que las familias están enfrentando una crisis casi cuatro veces más severa que las empresas. Este dato crucial sugiere que el problema no radica únicamente en la disponibilidad de crédito, sino en los ingresos que las familias deben utilizar para pagar esas deudas.
Un fenómeno conocido en la literatura
La naturaleza del endeudamiento no debe tomarse a la ligera. Un estudio realizado por Atif Mian, Amir Sufi y Emil Verner abordó cómo las expansiones del crédito a los hogares son indicadores anticipados de desaceleraciones económicas y aumentos en el desempleo, tres o cuatro años después. En contraste, el crédito a las empresas no parece seguir este patrón. Este comportamiento se puede explicar de manera intuitiva: el crédito productivo genera la capacidad de pago necesaria para su propia amortización, mientras que el crédito al consumo tiende a consumir recursos sin generar un respaldo adecuado.
Raghuram Rajan ha aportado una interpretación política a esta problemática, señalando que la expansión del crédito a los hogares actúa como una solución temporal a la falta de aumento en los ingresos. En vez de promover una mejora en la calidad de vida, el acceso al financiamiento ha postergado un ajuste que, de no atenderse, solo conducirá a problemas más graves en el futuro. Hyman Minsky también ha contribuido al entendimiento de este fenómeno al clasificar a las economías que se endeudan para gastos corrientes como las más vulnerables.
La experiencia internacional
El caso de Corea del Sur ilustra a la perfección las consecuencias de un aumento desmedido del crédito al consumo. Después de la crisis asiática, el gobierno promovió el uso de tarjetas de crédito para mantener el consumo interno, resultando en una expansión acelerada de la deuda de los hogares, que culminó en la crisis de las tarjetas de 2003. La morosidad se disparó, y el Estado tuvo que intervenir para rescatar a LG Card. Posteriormente, Corea corrigió sus medidas implementando límites macroprudenciales que regulaban la relación entre deuda e ingresos, reorientando sus recursos hacia el financiamiento productivo.
Por su parte, Brasil experimentó un proceso similar entre 2011 y 2013, cuando el auge del crédito al consumo fue seguido de un aumento de la morosidad y un obligado desendeudamiento de las familias.
El problema de fondo: un sistema financiero superficial
En Argentina, el crédito al sector privado representa alrededor del 12% del PIB, en comparación con un promedio latinoamericano de 47%. Esto indica que el país no cuenta con un verdadero sistema financiero, sino con una simple ventanilla. La expansión reciente del crédito se presentó como un signo de normalización, pero Alexander Gerschenkron ya había advertido que en economías con industrialización tardía, el sistema bancario debería canalizar el ahorro hacia la inversión productiva. La deuda de los hogares, por el contrario, solo adelanta la demanda.
Los organismos de regulación insisten en que este fenómeno es transitorio, atribuible a la creación de un mercado de crédito después de años de restricción financiera. Sin embargo, el verdadero indicador de un mercado de crédito sano debería ser el crecimiento de los ingresos que lo sustentan. La actual morosidad no es meramente un costo de aprendizaje, sino una advertencia clara sobre la situación financiera de las familias. Datos recientes demuestran un 14,9% de irregularidad en préstamos personales y 32,2% en entidades no financieras, lo que pone de manifiesto que el 40% de los jóvenes menores de 35 años con créditos están en alguna forma de mora.
Estabilizar no es desarrollar
La desinflación es un paso necesario hacia el desarrollo, pero es fundamental no confundirla con un indicador de éxito total. Reducir la inflación de tres dígitos a cifras más manejables es un logro macroeconómico, pero asumir que el resto de la economía se resolverá de manera automática es un error. Sin una estrategia efectiva de crédito productivo y un enfoque destinado a la recuperación de los ingresos reales, así como un impulso industrial que genere empleos formales, el consumo no podrá sostenerse por expectativas, sino que dependerá de créditos instantáneos que eventualmente limitarán las opciones disponibles.
La evidencia sugiere que la solución debe incluir una reorientación del crédito hacia la inversión y el capital de trabajo. Además, es necesario implementar instrumentos macroprudenciales que restrinjan el endeudamiento de los hogares en proporción a sus ingresos, de manera similar a lo que han aplicado países como Corea del Sur, Israel y Polonia. La situación actual de alta morosidad en las familias argentinas no es un simple accidente cíclico; es el costo de haber confundido la estabilización económica con un verdadero desarrollo. La factura se está haciendo cada vez más evidente, y gestionar esta crisis se vuelve apremiante.