El reciente aumento del dólar mayorista, que ha superado por primera vez los $1.500, ha generado un intenso debate en el ámbito económico. A pesar de la compra de apenas US$11 millones por parte del Banco Central y de la disminución de las tasas overnight de 29% a 23%, muchos analistas interpretan este movimiento como un cambio de enfoque del actual equipo económico: una menor obsesión por el tipo de cambio con el objetivo de otorgar un respiro a la actividad económica. Sin embargo, esta medida no debe ser sobrestimada ya que no representa un giro radical, sino más bien un control de daños en un contexto de creciente incertidumbre.
Sector productivo golpeado por la crisis
En medio de esta crisis, la situación económica del país revela una marcada polarización. Por un lado, sectores como la energía y la minería han experimentado un crecimiento notable, pero son considerados enclaves. Esto significa que, aunque generan divisas, su impacto positivo en el empleo y en el tejido productivo es limitado. Mientras tanto, sectores fundamentales como la industria y la construcción continúan en declive. Datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) apuntan a que la actividad industrial se encuentra por debajo de los niveles alcanzados en 2023, y la construcción ha caído cerca de un 20%.
La apreciación de Albert Hirschman, quien advirtió hace más de 50 años sobre la importancia de los eslabonamientos en el crecimiento económico, cobra relevancia en este contexto. El capital intensivo de áreas como Vaca Muerta y el litio no se traduce necesariamente en un aumento del empleo o en el desarrollo sustentable del país. Los datos corroboran que el crecimiento interanual se debe en gran medida a estos sectores exportadores, mientras que los rubros que sostienen el empleo son los que más están sufriendo.
Política económica centrada en la desinflación
El presidente Javier Milei ha mantenido un rumbo enfocado casi exclusivamente en la desinflación. Su capital político se basa en los resultados que puede ofrecer en este ámbito, y cualquier cambio que lo ponga en riesgo es poco probable que ocurra. En lugar de tomar medidas concretas para impulsar la actividad productiva, el gobierno ha optado por herramientas de ingeniería financiera. Esto incluye mecanismos como futuros, rollover, REPO y letras atadas al dólar, dejando de lado un plan estructural para el desarrollo.
La lógica detrás de estos enfoques ha sido estudiada por diversos economistas a lo largo de la historia. Los programas de estabilización basados en este tipo de cambios de tipo de cambio frecuentemente comienzan con fases de euforia, pero concluyen en recesiones profundas. Como señalaron Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, la creencia de que «esta vez es diferente» es una ilusión recurrente, que promete resultados que rara vez se materializan.
Lecciones del pasado: el riesgo de repetir errores
La historia reciente nos recuerda la fragilidad de mantener un tipo de cambio fijo sin un respaldo sólido en la economía real. La convertibilidad en Argentina se enfrentó a una crisis por defender a toda costa una política que, en su momento, pareció ser una solución viable. Rudiger Dornbusch describió bien este fenómeno: las crisis tardan más en aparecer de lo que se anticipa, pero cuando llegan, lo hacen de manera cruda y rápida.
Esta semana marca un hito difícil para el gobierno, que debe lidiar con una licitación de alrededor de $14 billones y un vencimiento de deudas en dólares de más de US$2.500 millones. Este desafío se abordará, nuevamente, mediante estrategias de rollover y canjes, pero carece de un impulso real hacia el crecimiento. Esta dependencia generada por mecanismos financieros es insostenible y, a medida que avanza el tiempo, puede volverse más peligrosa. El riesgo país ha vuelto a superar los 500 puntos, lo que indica una creciente inquietud en los mercados.
El futuro económico: entre la estabilización y el desarrollo
Ante este panorama, es evidente que el gobierno no tiene en su agenda un giro hacia un desarrollo integral. Mientras persista el enfoque en mantener la nominalidad —con un dólar estable y un índice de precios en caída—, es probable que la economía real continúe sufriendo. Es fundamental entender que ninguna política de anclaje se sostendrá por sí sola; requiere un contexto económico que fomente el crecimiento y la creación de empleo.
No obstante, el riesgo país elevado es un recordatorio de que estabilizar no es lo mismo que desarrollar. La falta de un enfoque productivo pone en riesgo el futuro económico del país y la estabilidad social que se busca alcanzar. Al final del día, el éxito o fracaso de estas estrategias determinarán no solo la viabilidad del plan económico actual, sino también el bienestar de millones de argentinos.