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El lado B de las inversiones chinas: Explotación laboral y desastres ecológicos

Tras el despegue económico del régimen de China a comienzos de la década de 1990, el gigante asiático se ha convertido en las últimas décadas en uno los principales demandantes de materias primas y mercados del mundo, con un hambre planetario que ha llevado a Beijing a expandirse por toda Asia y pisar fuerte en África y América Latina a través de préstamos competitivos e inversiones en infraestructura bajo la promesa de “llevar desarrollo a sectores postergados”.

Para la mayoría de los países participantes, que ya son grandes socios comerciales de China, la iniciativa promete crecimiento y desarrollo económico, a costa de una mayor presencia de Beijing en asuntos domésticos que muchos parecen ya dispuestos a aceptar. Pero hay también otros grandes problemas que se infiltran entre las inversiones: el desastre ecológico producido por un país con escaso historial de protección medioambiental; y los peligrosamente bajos estándares de protección de los trabajadores de parte de una economía que se forjó en base sueldos ínfimos y grandes masas obreras.

En su meteórico crecimiento económico de las últimas dos décadas, basado en la industria manufacturera y pesada, China se convirtió en el principal emisor de gases invernadero del mundo debido a la dependencia en el carbón, lo que ha causado una fuerte contaminación del aire en sus ciudades. Se cree que sólo en 2013 murieron 1,6 millones de personas en China por enfermedades causadas por la polución.

Otro gran frente de conflicto que han generado las inversiones chinas en el mundo en desarrollo es el laboral. En primer lugar porque China por defecto busca siempre llevar a su propia mano de obra a trabajar en los diferentes países, desestimando a los trabajadores locales. Y en segundo lugar porque las empresas chinas someten a sus obreros a muy pobres condiciones de trabajo. Los obreros chinos destinados en Asia, África o el Caribe suelen trabajar 13 horas diarias, seis o siete días a la semana, sin que les abonen horas extra, en muchas veces con sus pasaportes confiscados por las empresas y en condiciones de seguridad deplorables que llevan a altas tasas de mortalidad. Pero, cuando las empresas chinas contratan a los locales, el choque cultural entre esta explotación y las prácticas domésticas suele ser grave y acaba en negociaciones informales en las que ambas partes ceden. 

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