La economía argentina está atravesando un momento delicado, especialmente en el sector industrial, que enfrenta desafíos significativos que podrían repercutir en miles de empleos. Recientemente, la consultora Industria y Desarrollo, liderada por Diego Coatz, exdirector ejecutivo de la Unión Industrial Argentina (UIA), ha hecho una proyección alarmante: el país podría perder 105,000 empleos industriales para el año 2026. Esta cifra se desglosa en 60,000 empleos directos y 45,000 indirectos, lo que representa un golpe considerable para un sector que ya se encuentra en crisis.
La situación crítica del sector manufacturero
La actividad manufacturera acumula una contracción del 3,1% en lo que va del año y se encuentra un 14,5% por debajo de su máximo histórico registrado en noviembre de 2017. La realidad es dura; muchas fábricas operan con casi un 40% de su capacidad ociosa y, en el último año, la morosidad bancaria de las empresas ha aumentado del 0,9% al 3,3%. Para poner aún más en contexto esta crisis, solo en marzo se destruyeron 5,000 empleos directos en el sector.
Un diagnóstico detallado de la consultora revela un efecto sándwich que está afectando gravemente a la industria. Por un lado, los costos han aumentado sin piedad: el precio de la energía eléctrica para grandes usuarios ha subido un 79% y el gas entre el 30% y el 50%. Por otro lado, las importaciones y la caída del consumo interno agravan este escenario. Un dato relevante es que, comparado con 2022, las importaciones de bienes de consumo crecieron un 29%, mientras que las destinadas a la producción y la inversión cayeron un 12%. Esto significa que se están importando bienes que compiten con la producción local, mientras que los insumos necesarios para mejorar la competitividad local no están llegando.
Kaldor y la industria como motor de crecimiento
El análisis de la situación se apoya en teorías económicas que han resistido la prueba del tiempo. Nicholas Kaldor, economista británico, destacó en las décadas pasadas que la economía de un país está estrechamente relacionada con su capacidad industrial. Según sus leyes del crecimiento, el dinamismo de la economía se vincula directamente al desarrollo de la industria manufacturera, que opera bajo los principios de rendimientos crecientes a escala y generación de encadenamientos tecnológicos.
La manufactura no debe ser considerada como un sector más dentro del conjunto económico; más bien, debería entenderse como el motor que impulsa a los demás sectores. Una economía que experimenta una contracción del 3,1% en su industria, mientras el índice general se estabiliza, está en proceso de reemplazo de motor, donde pasar de un motor industrial a uno financiero o extractivo puede acarrear serios problemas a largo plazo, ya que estos últimos no generan el mismo nivel de empleos ni de productividad.
Desindustrialización prematura según Rodrik
Dani Rodrik, experto de Harvard, ha acuñado el término «desindustrialización prematura» para describir la situación que atraviesan muchas economías en desarrollo. Este fenómeno ocurre cuando un país pierde su capacidad industrial antes de alcanzar ingresos per cápita elevados, lo que impide transferir empleos del sector manufacturero a servicios de alta productividad. En cambio, en muchos casos, el empleo se desplaza a la informalidad y a servicios de subsistencia.
Un país que está actualmente 14,5% por debajo de su pico industrial y que tiene un 40% de sus máquinas inactivas no está en un proceso de modernización; más bien, está presentando un caso claro de desindustrialización prematura. Este desarrollo no es solo un síntoma, sino un efecto estructural que se traduce en un deterioro del tejido productivo.
El problema de los «enclaves» según Hirschman
Albert Hirschman formuló una teoría del desarrollo enfocada en los eslabonamientos entre los diferentes sectores económicos. Según él, un sector puede impulsar el crecimiento económico cuando demanda insumos locales y, a su vez, genera nuevas oportunidades industriales. Sin embargo, el informe de Industria y Desarrollo resalta que el aspecto más preocupante no es solo la caída de la industria tradicional, sino el decrecimiento en sectores que proveen insumos a industrias emergentes, como la metalmecánica. Los proveedores del sector minero, del petróleo y gas, así como del agro han reducido su producción entre 3.5% a 9.5%.
Esto evidencia un problema de enclave, donde sectores que generan ingresos y exportan no están contribuyendo al tejido productivo nacional, lo que genera una desconexión entre los beneficios económicos y el desarrollo local.
Estabilizar no es sinónimo de desarrollar
A pesar de lo crítico de la situación, es importante reconocer ciertos logros en la reciente estabilización macroeconómica del país. La inflación ha comenzado a desacelerarse y el acceso al crédito externo ha mejorado. Sin embargo, tal como señala la consultora, una macroeconomía ordenada es una condición necesaria, pero no suficiente.
El llamado a un RIGI (Régimen de Incentivos para la Industria y las Pymes) es un punto clave en la conversación. Aunque se han diseñado incentivos para megaproyectos extractivos, las pequeñas y medianas empresas, que constituyen el 83% del sector industrial, siguen enfrentando problemas críticos, como la falta de ventas.
Mientras el mercado celebra cada mejora en el riesgo país, la economía real se enfrenta a la dura realidad de la destrucción de 5,000 empleos industriales mensuales. La advertencia es clara: ningún país ha alcanzado el desarrollo a través de la destrucción de su base industrial. Una mejora en el riesgo país de 400 puntos no puede compensar la pérdida de fábricas y empleos cruciales para el futuro económico del país.